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viernes, 15 de enero de 2016

Entrevista a Samanta Villar (14-01-2016)


Samanta Villar vuelve a Cuatro embarazada de mellizos: “Mi mayor reto va a ser seguir trabajando y criar a mis hijos”

Para poder compaginar la vida familiar con la profesional, la periodista valora ponerse detrás de las cámaras. De momento, entre los próximos temas de ‘Conexión Samanta’, veremos el tráfico de futbolistas en España o los jóvenes cachorros del IBEX 35.
Incombustible, Samanta Villar vuelve este sábado a Cuatro con un tema que no dejará indiferente a nadie: los ‘bebés adultos’, personas que llevan una vida normal excepto en momentos que deciden vestirse y comportarse como recién nacidos. El programa inaugura el espacio Reporteros Cuatro, en el que también participan Nacho Medina –también se estrena este sábado–, Alejandra Andrade (En tierra hostil) y Meritxell Martorell (la nueva de 21 días). Pero, sin duda, el reto más potente para Samanta esta temporada será compaginar su trabajo con la crianza de sus dos mellizos; nos enteramos de la feliz noticia en el transcurso de esta entrevista.

¿Qué novedades traen las nuevas entregas de Conexión Samanta?
Hemos hecho un esfuerzo por conseguir temas muy sorprendentes. No es fácil, por ejemplo, encontrar a bebés adultos que quieran dar la cara en cámara.

¿Cómo descubriste este tema?
Sabíamos que existían en otros países y pensamos que en España también podría haber. Si buscas en google solo hay una entrada en wikipedia pero, a través de facebook, descubrimos que había 50.000. Llevan esa afición en secreto y, la mayoría de ellos, tienen vidas normales: están casados, tienen hijos…
¿Y se visten y comportan como bebés en la intimidad?
Así es. La inmensa mayoría lo viven solos en casa y a escondidas: se ponen su body de bebé, su pijamita con motivos infantiles, se hacen un biberón, se ponen el chupete…

¿Y quién les cambia los pañales?
Normalmente ellos, pero también existen guarderías para adultos. Eso sí, muy escondidas. Y también está surgiendo la figura de las ‘mamis’ que se ofrecen para una sesión de juegos, cambio de pañales… Para ellos es su sueño.
Tú que has convivido con ellos, ¿crees que está más cerca de una patología que de una afición?
Pues, como todo, aquí también hay controversia. Hemos visitado a una psicóloga en Mallorca que tiene dos pacientes. Ella asegura que es una patología, infantilismo, y que hay que tratarla porque es una evasión. Ellos, sin embargo, insisten en que tienen vidas normales, que es una afición y no hay por qué patologizarlo.

¿Y qué ventajas tiene según ellos?
Todos coinciden en que les aporta mucha paz y sosiego. Es una manera de desconectar del mundo real.

¿Has llegado a empatizar con ellos?
Por primera vez en los ocho años que llevo haciendo reportajes en Cuatro no he conseguido encontrar las ventajas de esto. Es que llevar pañal no es cómodo. Yo, que normalmente intento ponerme en la piel de los demás y pensar por qué actúan así, pensé que, para determinados momentos, como un concierto, podría ser cómodo para orinarse encima. Pero luego me di cuenta de que no: es incómodo, estás húmeda todo el rato…
¿Algún momento que te haya impactado especialmente?
Todo. Pero uno de los casos culminantes de este mundo son aquellos que les gusta ser bebé… ¡pero además niña! No se trata de un impulso transexual ni tiene que ver con la identidad de género. Simplemente creen que las niñas tienen más complementos con los que jugar: lacitos, pintauñas, vestiditos con colores brillantes…

Después de este ‘temazo’, ¿de qué irán las siguientes entregas?
Hablaremos sobre el tráfico de futbolistas en España. Poca gente sabe que se da mucho con subsaharianos que vienen deslumbrados por supuestos agentes sin escrúpulos y, cuando llegan, se dan cuenta de que lo que les habían prometido no es real. En muchos casos las familias se han endeudado… Hay casos realmente dramáticos. Y también hemos hecho un retrato de esa generación joven que, dentro de diez años, regirá los destinos de los españoles en cuestión de empresa. Se titula Madera de líder y sigue a los jóvenes cachorros de los líderes empresariales, del mundo del IBEX 35.
¿Sueles plantear tú los temas?
Entre todos. Me gusta que los redactores también propongan. El trabajo en televisión es siempre en equipo. Pero sí, yo estoy todo el día apuntando en el móvil posibles temas. Es difícil encontrar cosas que no se hayan tratado antes en televisión, pero no imposible.

¿Y cómo convences a según qué personas?
Lo fundamental es ganarse la confianza del personaje y no defraudarle, que no se sienta utilizado.

¿Qué opinas de tus compañeros de reportajes de Cuatro, Nacho Medina y Alejandra Andrade?
Nacho es un periodista de raza y es un activo importantísimo para Cuatro. Además, es marca de la casa. Y Alejandra me parece una profesional muy solvente, lo ha demostrado en otras cadenas y me consta que para Mediaset es una alegría que vuelva.

¿Y qué me dices de Meritxell Martorell, que te sustituirá en 21 días?
Es un joven talento por descubrir, muy impetuosa, y le va a dar una nueva marca al programa. Va a funcionar muy bien.
¿Te ha pedido consejo?
Me preguntó cómo hacía para que las vivencias del programa no me arrastraran psicológicamente. Y le dije que mi mecanismo era pensar: “Tengo tanta suerte de que no me haya tocado vivir esa vida…”. No es que tenga el derecho, tengo la obligación de ser feliz.

¿Tratará temas potentes?
Hay algunos brutales, pero yo no puedo avanzar ninguno.

¿Qué tiene ese formato para que todas lo tengáis que dejar?
(Risas) Bueno, eso no pasa solo en este programa. La vida son ciclos y hay momentos en que te das cuenta de que tienes que dejarlo. Adela Úcar, por ejemplo, lo dejó porque se quedó embarazada…

Siempre dices que también quieres ser madre. ¿Está ahora entre tus planes?
Pues mira, te diré que… ¡Estoy embarazada!

¡Enhorabuena! ¿Y cómo va a influir en tu trabajo?
Nos lo tenemos que plantear. Estoy de seis meses y medio y de mellizos, así que no sé hasta qué punto será compatible con el ritmo y flexibilidad de horarios que requiere este trabajo. Tengo que pensar cómo hago para seguir trabajando y poder criar a mis hijos.

Quizá dando un giro a tu carrera…
Quizá ahora es el momento de poner en práctica ideas que me llevan rondando en la cabeza mucho tiempo. Como, por ejemplo, dirigir un nuevo formato.

Volviendo a lo profesional, publicaste un libro sobre prostitución. ¿Tienes pensado seguir escribiendo?
Sí. Podría ser que sacara un libro, precisamente, sobre la maternidad. Pero claro, a ver si puedo hacerlo todo cuando nazcan los niños…

Si pudiste con 21 días, esto no es nada…
Bueno, no sé qué decirte, creo que ser madre va a ser la experiencia más ‘gonzo’ de mi vida (risas).

viernes, 10 de abril de 2015

Samanta Villar en Rakontant


Rakontant es un espacio dedicado en exclusiva a publicar y comentar artículos en primera persona. 
Samanta Villar, ha participado en @Rakontant nuevo medio especializado en periodismo en primera persona.




Samanta Villar: “El periodismo gonzo se salta todos los semáforos en rojo”


Debajo del crucero, en las aguas del puerto de Barcelona, todo está negro como una fosa séptica. En lugar de las gafas y el regulador, para respirar llevo una máscara facial de la Guardia Civil conectada a la botella de aire. La máscara aloja un intercomunicador que nos permite hablar con los agentes que permanecen arriba, en el muelle. Nos podrían oír a una profundidad de 100 metros.

Para repasar el casco llevamos unas linternas sumergibles que dan luz a palmo y medio de distancia. Los Grupos Especiales de Actividades Subacuáticas (GEAS) buscan cualquier elemento que alguien hubiera podido adherir al barco para introducirlo de manera ilegal en Barcelona y, por tanto, en Europa. Drogas, explosivos, dinero estanco, lo que sea. Yo les acompaño en su inspección palmo a palmo. Soy la novata.

La periodista Samanta Villar durante el rodaje de "21 días: Invidencia"

Es justo la falta de experiencia lo que provocará lo que todavía no sé que va a pasar. Pero no me amilano. He bajado a las minas al borde del colapso de Bolivia, he dormido 21 días en la calle como una persona sin hogar, he vivido en zona mara salvadoreña y he salido entera. ¿Qué me puede pasar en el puerto de una gran capital europea?

Ese pensamiento latente me acompaña mientras sigo a mi guía.

—No te separes de mí —me ha insistido antes de sumergirnos.

Bajo el casco del barco, al no tener la referencia de la luz, desorientarse es tan fácil como deshacer un jersey de punto. Seguir la quilla hasta alcanzar el final, que ha sido mi primera idea, no sirve ante 200 metros de eslora.

—Es más probable que agotes el aire antes —me señala.

Así que le sigo sin rechistar. Pero tengo que grabar. Llevo una GoPro en el casco con la que voy filmando las extrañas turbulencias que generamos al nadar por el fondo. Llegamos a las hélices y aprovecho para contarlo. En la superficie están mi compañeros captando el mensaje.

—Estas hélices son del tamaño de un adulto. No quiero ni pensar qué ocurriría si ahora se pusieran en marcha.

Al pronunciar esa frase exhalo burbujas de aire que quedan registradas en cámara. Rápidas y regulares como los latidos de un bebé.

—Aquí abajo no se ve nada —continúo—. Es difícil distinguir algo a más de medio metro.

Y más burbujas suben.

Hablo mientras nado y voy girando la cabeza tanto como me permite el agua para que tengamos más diversidad de planos. Me muevo e intento no perder de vista al agente. Sigo buscando algo nuevo para explicar. Quiero relatarlo como si estuviéramos en la radio.

Y rápidamente noto que me canso. El esfuerzo por mantener la flotabilidad, seguir al guardia y hablar bajo el agua me están agotando. Se me seca la boca. Hago el gesto inerte de tragar saliva seca. Las burbujas se detienen durante un segundo. Me intento relajar. Continúo siguiendo a mi compañero sin decir nada. Pero el cansancio me impide ensanchar la caja torácica con fuerza para absorber el aire. La boca se me vuelve a secar. Para tragar saliva debo dejar de respirar. Eso me asusta más. Y entro en un bucle de pánico en el que mi cuerpo desaprende los mecanismos automatizados de inspirar y expirar. Le hago un gesto a mi guía para subir a la superficie y tiene que frenarme para que no nade disparada hacia arriba sin esperar a despresurizar. Pero en ese momento, que los pulmones me revienten no me importa. Necesito aire como sea. Cuando emergemos, ni siquiera tengo fuerzas para sacarme la máscara.

—¿Te importa sacarme la máscara, por favor?

Estoy tan angustiada, que el aire de aguas estancadas que aspiro me sabe a sábanas limpias.

—Esto sí es periodismo de inmersión —digo con ironía.

Samanta Villar en una de sus experiencias en "21 días" - Imagen: Cuatro

He hecho periodismo en primera persona durante algunos años, en el programa “21 días”, y en momentos puntuales después, a lo largo de “Conexión Samanta”. Pero en realidad ya en una etapa anterior, en mi paso por “España Directo”, se insistía en que los reporteros nos incrustásemos en las realidades amables que relatábamos. Ya no éramos solo los ojos de los espectadores, como cualquier otro periodista. También debíamos ser las manos, los pies, el cuerpo entero. Si nevaba, nos tirábamos en trineo. Si cubríamos un concurso de panaderos, aprendíamos a hacer pan. Si conectábamos desde un festival de música, bailábamos como el que más.

El periodismo de inmersión es tremendamente atractivo para los medios en general. Desde los tiempos de Hunter S. Thompson o Günter Wallraff han sido muchos los periodistas que se han lanzado al periodismo de inmersión y gonzo. Maruja Torres*, Juan José Millás, Antonio Salas, Lydia Cacho, Gabriela Wiener, Leila Guerriero, Josefina Licitra son solo algunos de los que lo han hecho, con resultados siempre impactantes. En televisión no había tantos ejemplos, al menos en España, cuando yo hice “21 días”. Se convirtió en un boom.

Pero no aquilaté la repercusión de “21 días” hasta años después. Aunque llevaba una década trabajando en el medio, era el primer programa de televisión nacional que conducía. Así que cuando empezaron a llover peticiones de entrevistas de prácticamente todos los medios españoles e incluso de otros países (México, Venezuela, Argentina, Colombia) ni siquiera me paré a pensar que aquello no era lo habitual.

Tampoco fui consciente de que mis programas se habían convertido en tema de conversación de millones de españoles. Los que yo escuchaba —mi familia, mi pareja, mis amigos— ya hablaban de mis programas antes de que fueran un éxito.

Es cierto que me paraban por la calle para hacerme comentarios, para felicitarme o para darme muestras de cariño. Pero yo desaparecía 21 días al mes, y en la mayoría de los rodajes de inmersión que hice no tenía acceso a periódicos ni internet, así que la mayor parte de mi tiempo no me enteraba de mi popularidad. Mi vida transcurría con tranquilidad, solo que tenía un trabajo intenso y particular.

Samanta Villar retratada durante el programa "21 días trabajando en el mar"

Mi trabajo era el periodismo gonzo, el que se salta todos los semáforos en rojo. Rompe con el axioma de que el periodista no es protagonista. Por eso es controvertido. Las historias pivotan sobre la personalidad del reportero. Por eso genera amores y odios. Le acusan de falta de objetividad, de amarillismo, de show. Pero da voz a gente que la necesita y conmueve al espectador por empatía. El periodismo gonzo es un elefante en tu comedor.

Lo mejor del gonzo que practiqué fue que me cambió la vida. No creo que haya periodismo más vocacional que el inmersivo. Lo encaré como una aventura y así lo viví. No solo me servía para cubrir la curiosidad de todo periodista, sino que permitía descubrir cosas sorprendentes con mucha rapidez.

En un mundo tan contundente como el de los opinadores profesionales, el “buenismo” de mis columnas sería de risa


Por ejemplo, no tiene sentido hacer una guardia mientras una persona sin hogar duerme, porque la mayoría de los días no sucede nada. Sin embargo, cuando duermes en la calle descubres que lo peor no es el frío, porque los cartones te aíslan, sino el ruido de los tacones que caminan cerca, que te despiertan. Por eso ahora cuando veo un indigente durmiendo a media mañana en un banco, antes de pensar si anda borracho o es un desequilibrado, me pregunto si simplemente tendrá sueño.

Viviendo en la chabola vi que los niños se siguen inventando dolores de tripa para no ir al colegio, igual que hacía yo de niña. La diferencia es que el día que yo lo hacía, me aburría en casa. Sin embargo, en un poblado chabolista el niño sale a la calle a jugar y se encuentra con 4 niños más. Eso desincentiva la asistencia escolar. Es un ejemplo pueril, pero muy gráfico de la fuerza del gueto. De cómo la dinámica del entorno marcará sus vidas.

Todos esos matices importan en el periodismo, por no decir en la vida en general.

Este tipo de descubrimiento trajo emparejado un escepticismo atroz y el abandono de numerosos prejuicios. Si cada vez que trabajo un tema, me cambia la opinión previa que tenía de él, queda claro que es inútil mantener concepciones previas de nada. Y así fue como progresivamente dejé de opinar.

Ahora no juzgo a nadie sin conocerlo previamente, no supongo nada sobre situaciones que no haya visto de cerca y me interesa muy poco la gente que lo hace. He rechazado ser columnista o contertulia, porque suelo encontrar varias explicaciones para la misma situación y pocas veces creo que haya un solo culpable. En un mundo tan contundente como el de los opinadores profesionales, el “buenismo” de mis columnas sería de risa.

A menudo me preguntan si volvería a “21 días”. La idea es tentadora y siento una tremenda nostalgia al pensarlo, pero no lo puedo hacer, por un motivo. El periodismo en primera persona es un monstruo que se come todo el tiempo de tu vida personal. Es sano aparcarlo de vez en cuando y recuperar una vida propia.

Y ahora se busca a la nueva reportera. Los requisitos: que tenga más de 25 años, experiencia, capacidad de comunicación. Pero lo más importante es que posea esa cualidad que no se puede enseñar: las ganas de vivir, de experimentar, de descubrir; la fascinación por meterte en todo aquello que desconoces simplemente por el placer de aprender. Corran a postularse las que posean ese don. Esos son los cimientos del periodismo en primera persona.

FIN


Samanta Villar (1975, Barcelona) es periodista. Dirige y presenta el programa “Conexión Samanta”, cuya octava temporada está preparando para Cuatro. Anteriormente trabajó en el programa “21 días” de Cuatro, en “España Directo” de TVE, y en los servicios informativos de TVE y TV3. Podéis seguir sus pasos en Twitter y Facebook.

jueves, 1 de agosto de 2013

miércoles, 16 de mayo de 2012

Premios Ondas 2010

Samanta Villar en Los Premios Ondas 2010  

 Samanta Villar en APM Homo Ondas 2010  

 Samanta Villar en SLQH Premios Ondas 2010 (01)  

 Samanta Villar en SLQH Premios Ondas 2010 (02)  

 Samanta Villar en TLJ Premios Ondas 2010
















Samanta y Adela avanzan secretos de su reportaje conjunto

Samanta Villar cede el testigo a Adela Ucar en 21 días

INÉDITO: 21 Días buscando a Samanta

EXCLUSIVA. Entrevista 'a ciegas' a Samanta Villar


INÉDITO: 21 Días a ciegas

Samanta Villar y Carmen Lomana



viernes, 18 de diciembre de 2009

21 Días a ciegas

¿Se puede vivir en un mundo a oscuras sin depender de nadie? Samanta Villar lo comprobará durante esta experiencia.




viernes, 27 de noviembre de 2009

21 Días en una mina

Samanta Villar se la juega en su reportaje más extremo: 21 días en una mina boliviana extrayendo estaño. La periodista se plantea abandonar por primera vez en la historia del programa.


viernes, 30 de octubre de 2009

21 Días de lujo

En esta entrega Samanta Villar cambia las situaciones más duras que le ha tocado vivir en otros reportajes por una vida de lujo y glamour.