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viernes, 10 de abril de 2015

Samanta Villar en Rakontant


Rakontant es un espacio dedicado en exclusiva a publicar y comentar artículos en primera persona. 
Samanta Villar, ha participado en @Rakontant nuevo medio especializado en periodismo en primera persona.




Samanta Villar: “El periodismo gonzo se salta todos los semáforos en rojo”


Debajo del crucero, en las aguas del puerto de Barcelona, todo está negro como una fosa séptica. En lugar de las gafas y el regulador, para respirar llevo una máscara facial de la Guardia Civil conectada a la botella de aire. La máscara aloja un intercomunicador que nos permite hablar con los agentes que permanecen arriba, en el muelle. Nos podrían oír a una profundidad de 100 metros.

Para repasar el casco llevamos unas linternas sumergibles que dan luz a palmo y medio de distancia. Los Grupos Especiales de Actividades Subacuáticas (GEAS) buscan cualquier elemento que alguien hubiera podido adherir al barco para introducirlo de manera ilegal en Barcelona y, por tanto, en Europa. Drogas, explosivos, dinero estanco, lo que sea. Yo les acompaño en su inspección palmo a palmo. Soy la novata.

La periodista Samanta Villar durante el rodaje de "21 días: Invidencia"

Es justo la falta de experiencia lo que provocará lo que todavía no sé que va a pasar. Pero no me amilano. He bajado a las minas al borde del colapso de Bolivia, he dormido 21 días en la calle como una persona sin hogar, he vivido en zona mara salvadoreña y he salido entera. ¿Qué me puede pasar en el puerto de una gran capital europea?

Ese pensamiento latente me acompaña mientras sigo a mi guía.

—No te separes de mí —me ha insistido antes de sumergirnos.

Bajo el casco del barco, al no tener la referencia de la luz, desorientarse es tan fácil como deshacer un jersey de punto. Seguir la quilla hasta alcanzar el final, que ha sido mi primera idea, no sirve ante 200 metros de eslora.

—Es más probable que agotes el aire antes —me señala.

Así que le sigo sin rechistar. Pero tengo que grabar. Llevo una GoPro en el casco con la que voy filmando las extrañas turbulencias que generamos al nadar por el fondo. Llegamos a las hélices y aprovecho para contarlo. En la superficie están mi compañeros captando el mensaje.

—Estas hélices son del tamaño de un adulto. No quiero ni pensar qué ocurriría si ahora se pusieran en marcha.

Al pronunciar esa frase exhalo burbujas de aire que quedan registradas en cámara. Rápidas y regulares como los latidos de un bebé.

—Aquí abajo no se ve nada —continúo—. Es difícil distinguir algo a más de medio metro.

Y más burbujas suben.

Hablo mientras nado y voy girando la cabeza tanto como me permite el agua para que tengamos más diversidad de planos. Me muevo e intento no perder de vista al agente. Sigo buscando algo nuevo para explicar. Quiero relatarlo como si estuviéramos en la radio.

Y rápidamente noto que me canso. El esfuerzo por mantener la flotabilidad, seguir al guardia y hablar bajo el agua me están agotando. Se me seca la boca. Hago el gesto inerte de tragar saliva seca. Las burbujas se detienen durante un segundo. Me intento relajar. Continúo siguiendo a mi compañero sin decir nada. Pero el cansancio me impide ensanchar la caja torácica con fuerza para absorber el aire. La boca se me vuelve a secar. Para tragar saliva debo dejar de respirar. Eso me asusta más. Y entro en un bucle de pánico en el que mi cuerpo desaprende los mecanismos automatizados de inspirar y expirar. Le hago un gesto a mi guía para subir a la superficie y tiene que frenarme para que no nade disparada hacia arriba sin esperar a despresurizar. Pero en ese momento, que los pulmones me revienten no me importa. Necesito aire como sea. Cuando emergemos, ni siquiera tengo fuerzas para sacarme la máscara.

—¿Te importa sacarme la máscara, por favor?

Estoy tan angustiada, que el aire de aguas estancadas que aspiro me sabe a sábanas limpias.

—Esto sí es periodismo de inmersión —digo con ironía.

Samanta Villar en una de sus experiencias en "21 días" - Imagen: Cuatro

He hecho periodismo en primera persona durante algunos años, en el programa “21 días”, y en momentos puntuales después, a lo largo de “Conexión Samanta”. Pero en realidad ya en una etapa anterior, en mi paso por “España Directo”, se insistía en que los reporteros nos incrustásemos en las realidades amables que relatábamos. Ya no éramos solo los ojos de los espectadores, como cualquier otro periodista. También debíamos ser las manos, los pies, el cuerpo entero. Si nevaba, nos tirábamos en trineo. Si cubríamos un concurso de panaderos, aprendíamos a hacer pan. Si conectábamos desde un festival de música, bailábamos como el que más.

El periodismo de inmersión es tremendamente atractivo para los medios en general. Desde los tiempos de Hunter S. Thompson o Günter Wallraff han sido muchos los periodistas que se han lanzado al periodismo de inmersión y gonzo. Maruja Torres*, Juan José Millás, Antonio Salas, Lydia Cacho, Gabriela Wiener, Leila Guerriero, Josefina Licitra son solo algunos de los que lo han hecho, con resultados siempre impactantes. En televisión no había tantos ejemplos, al menos en España, cuando yo hice “21 días”. Se convirtió en un boom.

Pero no aquilaté la repercusión de “21 días” hasta años después. Aunque llevaba una década trabajando en el medio, era el primer programa de televisión nacional que conducía. Así que cuando empezaron a llover peticiones de entrevistas de prácticamente todos los medios españoles e incluso de otros países (México, Venezuela, Argentina, Colombia) ni siquiera me paré a pensar que aquello no era lo habitual.

Tampoco fui consciente de que mis programas se habían convertido en tema de conversación de millones de españoles. Los que yo escuchaba —mi familia, mi pareja, mis amigos— ya hablaban de mis programas antes de que fueran un éxito.

Es cierto que me paraban por la calle para hacerme comentarios, para felicitarme o para darme muestras de cariño. Pero yo desaparecía 21 días al mes, y en la mayoría de los rodajes de inmersión que hice no tenía acceso a periódicos ni internet, así que la mayor parte de mi tiempo no me enteraba de mi popularidad. Mi vida transcurría con tranquilidad, solo que tenía un trabajo intenso y particular.

Samanta Villar retratada durante el programa "21 días trabajando en el mar"

Mi trabajo era el periodismo gonzo, el que se salta todos los semáforos en rojo. Rompe con el axioma de que el periodista no es protagonista. Por eso es controvertido. Las historias pivotan sobre la personalidad del reportero. Por eso genera amores y odios. Le acusan de falta de objetividad, de amarillismo, de show. Pero da voz a gente que la necesita y conmueve al espectador por empatía. El periodismo gonzo es un elefante en tu comedor.

Lo mejor del gonzo que practiqué fue que me cambió la vida. No creo que haya periodismo más vocacional que el inmersivo. Lo encaré como una aventura y así lo viví. No solo me servía para cubrir la curiosidad de todo periodista, sino que permitía descubrir cosas sorprendentes con mucha rapidez.

En un mundo tan contundente como el de los opinadores profesionales, el “buenismo” de mis columnas sería de risa


Por ejemplo, no tiene sentido hacer una guardia mientras una persona sin hogar duerme, porque la mayoría de los días no sucede nada. Sin embargo, cuando duermes en la calle descubres que lo peor no es el frío, porque los cartones te aíslan, sino el ruido de los tacones que caminan cerca, que te despiertan. Por eso ahora cuando veo un indigente durmiendo a media mañana en un banco, antes de pensar si anda borracho o es un desequilibrado, me pregunto si simplemente tendrá sueño.

Viviendo en la chabola vi que los niños se siguen inventando dolores de tripa para no ir al colegio, igual que hacía yo de niña. La diferencia es que el día que yo lo hacía, me aburría en casa. Sin embargo, en un poblado chabolista el niño sale a la calle a jugar y se encuentra con 4 niños más. Eso desincentiva la asistencia escolar. Es un ejemplo pueril, pero muy gráfico de la fuerza del gueto. De cómo la dinámica del entorno marcará sus vidas.

Todos esos matices importan en el periodismo, por no decir en la vida en general.

Este tipo de descubrimiento trajo emparejado un escepticismo atroz y el abandono de numerosos prejuicios. Si cada vez que trabajo un tema, me cambia la opinión previa que tenía de él, queda claro que es inútil mantener concepciones previas de nada. Y así fue como progresivamente dejé de opinar.

Ahora no juzgo a nadie sin conocerlo previamente, no supongo nada sobre situaciones que no haya visto de cerca y me interesa muy poco la gente que lo hace. He rechazado ser columnista o contertulia, porque suelo encontrar varias explicaciones para la misma situación y pocas veces creo que haya un solo culpable. En un mundo tan contundente como el de los opinadores profesionales, el “buenismo” de mis columnas sería de risa.

A menudo me preguntan si volvería a “21 días”. La idea es tentadora y siento una tremenda nostalgia al pensarlo, pero no lo puedo hacer, por un motivo. El periodismo en primera persona es un monstruo que se come todo el tiempo de tu vida personal. Es sano aparcarlo de vez en cuando y recuperar una vida propia.

Y ahora se busca a la nueva reportera. Los requisitos: que tenga más de 25 años, experiencia, capacidad de comunicación. Pero lo más importante es que posea esa cualidad que no se puede enseñar: las ganas de vivir, de experimentar, de descubrir; la fascinación por meterte en todo aquello que desconoces simplemente por el placer de aprender. Corran a postularse las que posean ese don. Esos son los cimientos del periodismo en primera persona.

FIN


Samanta Villar (1975, Barcelona) es periodista. Dirige y presenta el programa “Conexión Samanta”, cuya octava temporada está preparando para Cuatro. Anteriormente trabajó en el programa “21 días” de Cuatro, en “España Directo” de TVE, y en los servicios informativos de TVE y TV3. Podéis seguir sus pasos en Twitter y Facebook.